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JORGE LUIS MACÍAS/ESPECIAL PARA EXCÉLSIOR
Daisy Riva, (izq.) una mujer inmigrante de El Salvador que, en 1983 narró a Excélsior el martirio que sufrió para emigrar a Estados Unidos, luego de huir de la violencia y decenas de miles de muertes durante la Guerra Civil.

'Es el camión de la muerte' Inmigrantes narran sus experiencias cruzando la frontera

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Especial para Excélsior

“Si uno llega hasta acá, vale la pena, pero si no, uno puede perder la vida”, es el pensamiento de Daisy Riva, una mujer inmigrante de El Salvador que, en 1983, huyó de la violencia generada por la Guerra Civil en su país.

Ella rindió su testimonio, a raíz de la tragedia del “Camión de la Muerte” que causó 10 fatalidades, y 15 personas de los 29 sobrevivientes se encuentran en estado crítico por daño cerebral debido a la exposición al calor, la falta de oxígeno o deshidratación, en San Antonio, Texas.

Daisy, residente de Panorama City, contó a Excélsior que pagó $500 a los “coyotes” que la internaron a salvo en Estados Unidos. Hoy es residente permanente y se prepara para el examen de naturalización.

Una aventura fatal

En el caso de los 39 inmigrantes, algunos debieron pagar entre $3,300 y $5,500 por abordar el camión que los trasladaría a Estados Unidos, sin comida, ni agua y hacinados en altas temperaturas.

“En mi país había muchas muertes”, narró Daisy. “Yo tenía 33 años y seis de mis familiares fueron asesinados; yo no tenía miedo, porque uno tiene que arriesgarse en la vida, aunque sea peligroso, pero lo que pasó en Texas es muy triste”.

James Bradley Jr., de 60 años, el conductor del camión en Texas tenía antecedentes penales y su licencia de conducir había expirado. Enfrenta acusaciones de tráfico de personas, un delito federal que en Texas se castiga con pena de muerte, e incluso cadena perpetua si hay víctimas mortales. Las autoridades creen que Bradley Jr. Forma parte de una red de tráfico de personas a la que tratan de identificar y desmantelar.]

Para Gloria Saucedo, directora de Hermandad Mexicana Transnacional en Van Nuys, la tragedia de Texas significa “un llamado a toda la comunidad inmigrante para exigir respeto y cambios urgentes a las leyes migratorias.

“Este país nos necesita y debería firmar acuerdos internacionales como Canadá, que otorga visas a los trabajadores y no arriesgan sus vidas”, opinó. “Nadie más debería morir ni sufrir ese trauma”.

Ya es ciudadano

De igual manera a lo ocurrido Texas, el domingo 21 de julio, José González, de 67 años y ahora ciudadano Mexicoamericano, quien vive en la ciudad de Chatsworth, conoce el “infierno” de viajar en un tráiler cargado con verduras y con 70 a 85 personas en su interior.

“Por obra de Dios no perdí la vida”, expresó. “En la garita de San Clemente nos rescataron…Llegué a pensar que todos íbamos a morir por la falta de aire, nos estábamos asfixiando, así que comenzamos a golpear las paredes del camión… todos estábamos sudando adentro del camión; fue bien gacho, y si no nos sacan, ni la contamos”.

“Dreamer” chapín

Uno de los 10 muertos en “Camión de la Muerte” era Frank Giuseppe Fuentes, de 19 años, ex estudiante “Dreamer” guatemalteco de la J.E.B. Stuart High School, en Falls Church, Virginia que había sido deportado e intentaba retornar a Estados Unidos.

Fuentes había obtenido una suspensión de la deportación bajo el programa conocido como Acción Diferida para los Llegados en la Niñez (DACA). Cuando su indulto expiró el 5 de junio de 2016, se le negó una renovación debido a una condena por asalto y agresión y fue deportado a principios de este año en febrero.

“Allá por 1997,  me quisieron meter a un tráiler, pero no acepté”, opinó José Ramírez Santillán, de 63 años, originario de Miahuatlán, Oaxaca. “Me dio miedo venirme en tráiler, y, aunque cobran más barato, es más arriesgado; uno no sabe si se va a volcar por tanta gente que meten o si lo van a abandonar como sucedió en Texas”.

Ramírez Santillán dijo que su cruce más difícil de la frontera México-Estados Unidos ocurrió en 1988 cuando los “polleros” abandonaron a un grupo de 14 personas en una zona pantanosa de San Diego, “hasta que nos rescataron unos infantes de marina”.

Un día después, los 14 inmigrantes fueron deportados y los $2000 dólares que había pagado los perdió. José ya es ciudadano estadounidense y vive en la ciudad de North Hills.


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